Cuando se introdujo la práctica meditativa en Occidente, no teníamos referentes directos del pali o del sánscrito al español. La mayoría de nuestras traducciones llegaron del inglés y con poco debate sobre el uso de ciertos términos. Nos va a llevar algunas generaciones dejar de utilizar conceptos ya instaurados, pero es necesario hacer aclaraciones si queremos tener un acercamiento más genuino a la práctica.
En Occidente, meditar se traduce de dos maneras:
– pensar atentamente o reflexionar,
– práctica mental y corporal dirigida a alcanzar un estado de relajación y plena concentración.
Aquí tenemos varias limitaciones, porque en el buddhismo no es una práctica analítica de reflexión o pensamiento, ni tampoco se reduce a un ejercicio de calma y concentración.
Las dos palabras que se utilizaron para llegar a la palabra meditar son satipaṭṭhāna y bhāvanā.
– Satipaṭṭhāna se traduce como “establecimiento de la atención plena” o “introspección”.
– Bhāvanā se traduce como “desarrollo” o “cultivo de la mente”.
Satipaṭṭhāna también es el nombre del discurso del Buddha donde describe todo el proceso de la práctica de introspección, y cuando vamos a él, nos damos cuenta de que todo lo que creíamos saber sobre meditar es muy diferente de cómo lo aprendemos normalmente.
La forma que nosotros compartimos proviene de este discurso, porque muestra que el desarrollo de la mente abarca toda nuestra vida, no un mero ejercicio sentado.
De por sí, el discurso en ningún momento utiliza el término “concentración”. En Occidente, esta palabra está relacionada con llevar la mente a un objeto y censurar o alejar todo lo que ocurra fuera de ese objeto. Cuando nos sentábamos de pequeños a hacer la tarea y nos distraíamos, se nos decía “concéntrate en la tarea”, como una forma de hacer que la mente obedezca. No es una palabra mala, pero está sola, totalmente descuidada de otras cualidades importantes. Cuando se nos enseñó a concentrarnos, no se nos enseñó cómo tratar las distracciones ni qué hacer con lo que ocurre interna o externamente.
La atención plena no es centrarse en un objeto: es una consciencia abierta que reconoce, pero no fuerza; sabe lo que pasa, pero no presiona. Es presencia más que concentración, y la presencia no solo es más amplia, sino que contiene un componente fundamental en la práctica: la relajación del cuerpo y de la mente.
Si bien es cierto que usamos un objeto como base —la respiración, las sensaciones, el cuerpo, la mente, etc.—, lo hacemos de una forma ecuánime, con un sentido de contemplación y exploración. El objetivo no es controlar la respiración, sino reposar en ella para que la mente se aquiete, se aclare y podamos reconocer con mayor naturalidad lo que está ocurriendo.
La diferencia con la concentración es que cuando la mente se distrae, no nos castigamos por ello; no luchamos ni negamos las distracciones. Las reconocemos como tales, sabemos lo que está pasando y, entonces, de forma relajada y amable retornamos a la respiración. Habituamos la mente; no la forzamos ni la obligamos.
Cuando aprendí a meditar fue a través de la concentración en la respiración, pero esa pesadez que mi mente generaba al asociar concentración con no apartarse del objeto y rechazar cualquier otra cosa que surgiera me daba más dolores de cabeza que otra cosa. Había momentos en los que mi mente y mi cuerpo estaban tan tensos tratando de perseguir la respiración que era incapaz de sentirla y acompañarla. Cuanto más leía sobre grandes meditadores y sus niveles de concentración, más frustrado me sentía e incapaz de seguir esa práctica.
A medida que fui conociendo a otros mendicantes que habían tenido la misma dificultad que yo, sus estudios me llevaron a ampliar esta comprensión y a reinterpretar completamente lo que la meditación era realmente.
Bhikkhu Anālayo usa el ejemplo de un campesino que se sienta relajado sobre una colina contemplando el ganado. Aunque está tranquilo y relajado observando desde lejos, se mantiene vigilante y atento para que ninguna oveja se escape.
Este sentido de “mirar desde una colina” nos da una sensación de amplitud; hace que la consciencia se expanda en lugar de cerrarse direccionalmente en un solo punto.
En la etapa inicial esto es fundamental, porque si hacemos de la práctica algo forzado y tenso, nos veremos limitados y con muchas más dificultades que progreso. En lugar de creer que lo estamos haciendo mal porque la mente es incapaz de quedarse en su objeto durante mucho tiempo, utilizamos y desarrollamos otras cualidades como la amabilidad, la relajación, el reconocimiento de las distracciones y el regreso tranquilo hacia el objeto, generando así una mente mucho más ecuánime y menos reactiva.
Podemos practicar mucho tiempo de esta forma, hasta que la mente se familiarice completamente con el proceso y retornar sea cada vez más simple, erradicando gradualmente las reacciones negativas cuando la mente se aparta.
La importancia de conocer lo que está pasando nos aleja de expectativas y deseos poco hábiles. En lugar de perseguir un objetivo imposible —querer que la mente solo esté enfocada en la respiración—, nos damos la libertad de integrar el resto de las experiencias sin generar apego ni aversión, lo que nos permite retornar a la relajación y a la respiración de una forma más natural.



